No fue casualidad. Aquellos regalos no eran para un bebé cualquiera. Cada objeto entregado al niño Jesús escondía un mensaje profundo que hoy pocos recuerdan.
La madrugada del 6 de enero no solo marca el final de la época de fiestas. Para la tradición cristiana, representa un momento decisivo: la llegada de los Reyes Magos a Belén, guiados por una estrella, para reconocer a un niño cuya vida cambiaría el rumbo del mundo.
No llegaron con juguetes ni adornos. Llegaron con símbolos.
Te podría interesar
¿Quiénes eran los Reyes Magos y por qué viajaron tan lejos?
Melchor, Gaspar y Baltasar, sabios provenientes de Oriente, siguieron una señal que interpretaron como el nacimiento de un rey. Según el Evangelio de Mateo, no buscaban solo conocerlo, sino adorarlo. Su viaje fue un acto de fe, riesgo y reconocimiento espiritual.
Cuando finalmente encontraron a Jesús, no hablaron mucho. Se postraron. Y entregaron tres regalos que decían más que cualquier palabra.
Te podría interesar
El oro: reconocer a un rey
El oro era el metal más valioso de la antigüedad. Reservado para reyes, templos y divinidades. Al ofrecer oro, los Reyes Magos reconocían a Jesús como rey, no solo de un territorio, sino de una dimensión espiritual.
También era un regalo práctico. Su valor pudo haber ayudado a José y María a sobrevivir en momentos difíciles. Espiritual y humano al mismo tiempo.
El incienso: lo sagrado que asciende
El incienso no se usaba en la vida cotidiana. Se quemaba en actos de adoración. Su aroma simbolizaba la oración que sube al cielo.
Al entregarlo, los magos reconocían algo más que realeza: la santidad. El incienso hablaba de una vida entregada, de un vínculo directo entre lo humano y lo divino.
La mirra: el regalo que incomoda
Aquí es donde la historia se vuelve más profunda.
La mirra era una resina amarga, utilizada para embalsamar cuerpos y aliviar el dolor. No es un regalo asociado con nacimientos, sino con despedidas.
Al llevar mirra, los Reyes Magos reconocían algo que pocos quieren mirar: el sufrimiento futuro. La mirra anticipaba el dolor, la cruz, la entrega total. Era una forma silenciosa de aceptar que ese niño no solo venía a reinar, sino a sufrir.
Por eso la mirra es el regalo más inquietante. No celebra el inicio, recuerda el sacrificio.
Un simbolismo que sigue vivo
Oro, incienso y mirra no fueron objetos al azar. Juntos cuentan una historia completa: rey, Dios y hombre. Gloria, adoración y dolor. Nacimiento y destino. Hoy, aunque los regalos de Reyes sean otros, el significado permanece. La noche del 6 de enero sigue siendo un recordatorio de que la fe también mira de frente el sacrificio.
